dimarts, 27 d’agost de 2013

De la actitud inquisitorial en el pensamiento “progre” y un recuerdo de Pasolini

En el antepenúltimo post escribí mis impresiones sobre cierta forma de entender la educación afectivo-sexual a partir de la visita al blog de una profesora que hace apologética de su lesbianismo y tilda de “machitos” a los alumnos varones cuyo nivel de conciencia no alcanza los valores que postula el neofeminismo. En concreto, yo trataba de argumentar que el narcisismo me parece un valor nefasto, un anti-valor, para los jóvenes (bueno, también para nosotros los adultos que tampoco nos libramos de ello). Los que nos dedicamos a la enseñanza, y también a la educación emocional, vemos como los adolescentes ya sufren bastante con el “no sé que me pasa, y nadie me entiende”, es decir la confusión y los cambios que les toca afrontar en esa edad. Mi impresión es que los discursos progres de liberación homosexual, con su insistencia en las políticas de identidad, están tan trufados de narcisismo que muy poco van a ayudar a nuestros adolescentes construirse una personalidad sana y autónoma.
Un compañero de profesión me tildó de “macho que teme perder privilegios” en el blog y en un mailing list de profesores de filosofia. Este deslizamiento del debate de ideas al ataque personal se llama falacia ad hominem, un recurso ante la falta de argumentos. En este caso, el ataque parecía venir de una altura moral superior, de una persona comprometida con la igualdad que había renunciado a no sé qué privilegios gratuitos, mientras que otros parece que tenemos miedo de perderlos. Al exigirle que detallara cuales son esos privilegios y favoritismos que estoy gozando (no me quedó claro si los gozo por ser hombre o por pensar lo que pienso), el inquisidor pro-feminista soltó una perorata llena de bonitos lugares comunes en que afirmaba ser muy demócrata y que “ser demócrata es ser feminista porque la democrácia exige la igualdad...” etc. Vamos, la típica estrategia de lanzar una acusación para poner el acusado a la defensiva (“glups, que no me llamen machista, que no me consideren cómplice del maltrato a mujeres…”) con la cual el acusador ya no necesita argumentar cómo llegó a tal superioridad moral.
En ese momento intervino Emilio, -del imprescindible blog "Personas no género" para un análisis de las contradicciones cotidianas de lo que acertadamente llama neofeminismo- con una pequeña experiencia personal –pero muy signficativa- que contradecía esa fácil identificación de (neo)feminismo con democrácia. En concreto la censura (una más...) de este comentario en el blog “mujeres” del diario El País: No es de recibo que un profesor de Derecho constitucional pueda mostrar tan poco respeto por los derechos de las personas y en concreto por los de Francisco Garzón y realice una mascarada como la que este artículo representa"
Entro a leer el artículo "El macho veloz" sobre el maquinista del tren accidentado en Galicia y me quedo asombrado no sólo ante la falta de respeto que dice Emilio, sino sobre todo ante lo que he llamado actitud inquisitorial. Ésta consiste en buscar “malos” a los que denunciar para que uno pueda reafirmarse como “bueno” y absolverse así de un mal omnipresente.  De esta característica inquisitorial no se libran los discursos progres con su narcisismo victimista que necesitan encontrar opresores por todas partes (y no estoy diciendo que no haya opresores, sinó hablando de la actitud que necesita encontrarlos como sea) . El neofeminismo es un ejemplo excelente de esa actitud.  Me ha recordado un memorable post del blog “buenamente” en que se comparaba esa ideología con una religión que se queda sólo con la culpa sin posibilidad redención a no ser que se abraze el dogma: “Según el guión establecido, para intentar redimirse de los pecados de su género y sus malévolos efectos, los hombres han de convertirse al feminismo radical y abominar constantemente de su condición corrupta en señal de pública penitencia. A partir de este rito iniciático, y sólo si se ajustan fielmente al guión que le ha preparado el feminismo radical esos hombres se harán acreedores de cierta indulgencia”.
En el artículo que censuró el comentario de Emilio, se trata de señalar con el dedo acusador (igual que hizo el diario ABC, en su caso para disimular la posible responsabilidad del gobierno) al maquinista del tren siniestrado en Galicia, en este caso como reo de los peores males de una masculinidad por desgracia muy prevalente todavía. Ante tanto dolor por el accidente, y si es verdad todo lo que se dijo en los periódicos del maquinista, puede comprenderse que el profesor universitario no logre una visión compasiva de ese trabajador. El inquisidor detalla bien los males de esa masculinidad poco evolucionada que tanto daño está causando a demasiados hombres, pero solamente para justificar su adscripción al modelo neofeminista, por eso tiene que cargar personalmente contra el maquinista sin ningún escrúpulo como si esa masculinidad no tuviera nada que ver con él, ya que ese modelo neofeminista, como dice E. Jimeno de "Buenamente", sólo tiene para los hombres el ser mamá-bis o la auto-flagelación, puesto que el mal reside en ellos.
Esa esa necesidad de acusar con el dedo al “malo” para absolverse a si mismo es lo que llamo la actitud inquisitorial.  Ya se sabe, los neoconversos siempre han sido los inquisidores más crueles; cuando la autoflagelación no basta hay que buscar a otros para flagelar. Sobre esa cuestión de la culpa alimentada por inquisidores combatientes de un mal que no deja de crecer también me viene a la memoria un texto de Ayn Rand que ya cité hace tiempo en que se revuelve contra los inquisidores que escupen "el mal" hacia otros.

Lo que Emilio simplemente llama “no es de recibo que un catedrático” le “falte el respeto” a mi me ha hecho pensar de nuevo en Pier Paolo Pasolini, al que en el último post citaba  por acuñar en los años 60 término “fascismo de izquierdas” para referirse a ciertas actitudes contestatarias de su época promovidas por burguesitos que se pretendían revolucionarios. Este artículo del blog mujeres donde el catedrático “progre” necesita compararse con el currante obtuso y machista (“yo no soy como él”) me ha hecho recordar otra vez la clarividencia profética de sus denuncias. Cuando en su época se producían disturbios entre estudiantes y policía, Pasolini se ponía del lado de los policías, a los que llamaba “hijos del pueblo”, en contra de los estudiantes que tildaba de “hijos de la burguesía”. Sus lúcidos análisis para llegar a esta provocativa conclusión son demasiado complejos para reproducirlos aquí. Tiene que ver con la actitud sectaria que Pasolini detestaba en los pretendidos liberadores sociales. A quien no conozca sus escritos le sería fácil reducirlo a un facha demagogo por tales provocaciones, pero Pasolini era un espíritu libre que estaba en las antípodas del fascismo, al que combatió denodadamente y según algunos fue lo que finalmente le costó la vida. Frente a todo stablishment (ahora diriamos lo “políticamente correcto”) era un auténtico cristiano de Jesús de Nazaret, rechazado por los católicos y el Vaticano porque se proclamaba comunista, y rechazado por los comunistas por su homosexualidad. Con la inquisición progre que ahora tenemos, me temo que ahora sería exaltado por su homosexualidad y abominado por su cristianismo (en su época las feministas ya lo atacaron por sus declaraciones acerca del problema del aborto), con lo cual pienso que su insobornable escritura nos resulta más necesaria que nunca, pues el sectarismo de género, como en su época el “fascismo de izquierdas”, cada vez se está volviendo más ciego, más poderoso y más intolerante. Para muestra, la anécdota de la censura a Emilio, y que diarios de la talla intelectual del “El País” contínuamente alberguen en sus páginas estas muestras de guerras culturales (el dogma neofeminista) que no sólo enmascara la vieja lucha de clases de Marx, sinó que distrae de cuestiones de liberación muchísimo más urgentes.

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