diumenge, 6 de desembre de 2009

Identidad masculina, trabajo, sexismo y clases sociales.

Para la mayoría de la gente, el trabajo es fundamental en la construcción de su identidad, el determinante primario de lo que se es. En las sociedades occidentales, entrar en el mundo del trabajo significa alcanzar la hombría. Es el rito de iniciación actual del hombre. Su entrada en el mundo público y productivo. Las definiciones culturales de la masculinidad dan un énfasis particular al papel del hombre como proveedor en el hogar. Funcionan de este modo como parte de una red de suposiciones ideológicas que apoyan la división sexual del trabajo entre hombres (público/productivo) y mujeres (privado/doméstico), aunque esto esté cambiando en las últimas dos décadas. De la misma forma, las expectativas acerca de la masculinidad fusionan los roles de “hombre” y “trabajador”: ser un hombre exitoso es ser un alguien productivo y cumplidr en el trabajo.

Para los hombres, la capacidad de proveer no sólo representa una cierta posición social, sino que garantiza los derechos a una cierta independencia económica. Dadas las potentes conexiones entre el trabajo y la masculinidad, no es sorprendente que el desempleo traiga consigo el estigma de una masculinidad fallida y de una dependencia “forzada”. De hecho, los medios de comunicación invariablemente pintan al hombre desempleado como “hombre derrotado”, atrapado, en peligro, como si estuviera en alguna medida castrado y reducido a pasar sus horas en el hogar “femenino”. La fuerza de la identidad de género como ideología se deriva del hecho de que a la hombría se la confunde fácilmente (y deliberadamente) con la masculinidad biológica. Así, a las construciones ideológicas se les otorga el estatus de “lo natural”.

En este contexto, no es una coincidencia el que los valores masculinos reflejen los valores que caracterizan la economía y la ideología del capitalismo actual: competitividad, autoridad, individualismo, fuerza, agresión y jerarquías. De hecho, la noción del hombre “proveedor”, tal como existe actualmente, surgió con el advenimiento del capitalismo industrial en la segunda mitad del siglo diecinueve. En la sociedad precapitalista, si bien la masculinidad y el patriarcado eran afirmados mediante el trabajo en la transmisión de ocupaciones de padre a hijo, la producción era generalmente una empresa llevada por toda la familia desde el hogar (comunidades agrícolas y artesanales). Además, en el contexto de la obligación general de trabajar, la masculinidad adquiere un especial significado político. Dado que los hombres perciben el trabajo como parte integral de la identidad masculina, como una responsabilidad “natural”, la masculinidad funciona en la práctica como un elemento que refuerza la actual organización del trabajo y como un freno para que surja una nueva organización. De manera similar, es más probable que los hombres desempleados vean su suerte como una derrota personal y no como una razón para cuestionar el sistema que los convierte en inservibles para producir y para consumir.

Este aspecto de la masculinidad es particularmente importante cuando se analizan cuestiones de clase. El trabajo raras veces es una experiencia gratificante o satisfactoria. No es el lugar donde se cumple la promesa de la independencia o del poder masculinos. Por el contrario, el ingreso al trabajo de un joven suele ser en la práctica una garantía de subordinación constante, a no ser que pueda escalar puestos. En muchos trabajos, esto es imposible. Largas horas, bajos ingresos, tareas repetitivas y en absoluto desafiantes, monotonía y una continua subyugación a la incuestionable autoridad del jefe caracterizan la realidad del trabajo para la una inmensa mayoría de hombres y mujeres, sobre todo si tienen una baja cualificación profesional. Como consecuencia, el estilo de masculinidad de los hombres de los escalones inferiores de la sociedad tienden a compensar la falta de poder político y económico con un estilo de machismo más inmediato y agresivo. También sirve para promover formas de solidaridad colectiva en el lugar de trabajo, en los rituales de camaradería que se evidencian en las bromas, el consumo de alcohol, etc. Los “rituales machistas” en el lugar de trabajo, más que desafiar la organización del trabajo, la hacen tolerable. Ciertamente, la masculinidad alienta a los hombres a identificarse como grupo, en oposición a las mujeres, evitando que hombres y mujeres se identifiquen como trabajadores subordinados con intereses de clase particulares. En este sentido, la masculinidad genera solidaridad entre hombres de clases diferentes. Por otro lado, las relaciones entre hombres en el lugar de trabajo tienden a ser en general defensivas y superficiales. Esto podría atribuirse en gran medida a la competitividad, la represión de las emociones y la homofobia de la masculinidad convencional.

Por su parte, la masculinidad de la clase media tiende a definirse más por la autodisciplina que por las relaciones de autoridad, más por el individualismo que por metas colectivas o culturales. Si bien la masculinidad de la clase media cultiva un estilo más austero y restringido, ciertamente no es menos misógina, competitiva o dominante. La masculinidad, aunque fracturada parcialmente por la clase, une a los hombres como grupo al permitir actitudes y conductas sexistas. Sin embargo, es importante recordar que el poder no es compartido de igual forma entre todos los hombres: es la minoría de hombres con elevados ingresos la que ejerce mayor influencia en las instituciones que refuerzan y mantienen el sexismo, los estereotipos de género y los patrones de la organización del trabajo.

En general, el movimiento de hombres antisexistas ha evadido, hasta cierto punto, el abordaje de los asuntos de trabajo y clase.

Probablemente en esto haya dos razones principales. En primer lugar, los asuntos relacionados con el trabajo, el capitalismo y sus conexiones con el sexismo y la masculinidad son relativamente difíciles, y a menudo no se los considera particularmente relevantes. En segundo lugar, el movimiento de hombres es un fenómeno predominantemente de clase media y, debido a las divisiones de clases sociales, no comparte una base cultural común con los hombres que no pertenecen a la clase media.

Los movimientos de hombres deberían considerar que, aunque suelan priorizar el desarrollo personal, no es probable que consiga atraer a muchos hombres de la clase trabajadora. La mayoría de éstos no tiene la energía, el tiempo libre o la libertad personal que se requieren para tal compromiso. El movimiento de hombres debe llevar activamente su lucha contra el sexismo a la cultura del lugar de trabajo, y esto probablemente pueda lograrse mediante proyectos conjuntos con los sindicatos. Esta tarea también necesita ser realizada sin perder de vista las realidades de la estructura del trabajo. Por ejemplo, no es probable que la mayoría de hombres de la clase trabajadora algún día cercano tenga suficiente seguridad laboral ni “valor de mercado” como para conseguir el establecimiento de disposiciones para lograr, por ejemplo, permisos de paternidad en la práctica. El futuro de los grupos políticamente movilizados en torno a los asuntos de violencia masculina, sexismo y masculinidad radica en su capacidad de apreciar adecuadamente y actuar sobre las interconexiones de todas las formas de opresión.

Por Mike Leach


Alfonso Colodrón.

Terapeuta gestáltico y consultor transpersonal.

www.alfonsocolodron.net

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