dijous, 8 d’octubre de 2009

Del pluralismo postmodernista a la fragmentación narcisista

Los ejemplos del feminismo del resentimiento con su teoría de la imposición forman parte de una tendencia favorecida por ciertas corrientes postmodernistas que podríamos calificar de esencialistas. Hemos comentado cómo el postmodernismo puso luz en grupos y visiones no tenidas en cuenta anteriormente con el resultado de un pluralismo más abarcador y democrático. Sin embargo éste pluralismo puede degenerar en una regresión etnocéntrica que viene a decir que no se puede hablar de los negros si no eres negro, que hay que ser una mujer para saber cualquier cosa de las mujeres, lo mismo que de los gays o de los emigrantes. En otras palabras, formar parte de un grupo es una experiencia que en primer lugar te separa de los que no están en él y sólo te une a sus miembros, en segundo lugar asumes que tus triunfos y fracasos en la vida son una versión de las luchas de tu grupo –lo personal es político-, y en tercer lugar mantienes que tu grupo tiene intereses que han sido dejados de lado o ha sido directamente agredido, por tanto hay que cambiar como se ve el grupo desde fuera. Esta aceptación parece que debe conseguirse condenando y culpando al grupo al cual se busca su aceptación. Es la emergencia de lo políticamente correcto, que tantos estragos ha causado en los campus norteamericanos[1] –y no solamente allá.
Este esencialismo se inscribe en una tendencia aún más amplia de nuestra sociedad que se puede denominar como la cultura de la queja, la excusa del abuso o la victimitis. Consiste en tomar el modelo de las tragedias de las víctimas reales (esclavitud, discriminación sexual, delincuencia…) para aplicarlo al más ligero insulto al hipersensible ego del miembro del grupo. El resultado es vindicar que uno no es responsable de sus propios problemas, ya que es una víctima (aunque si voy a reprochar a otro de mis problemas, ése sí que debe ser responsable de lo que hace, si no se puede empezar el juego). El estatus de víctima otorga muchas ventajas, básicamente ser acreedor de derechos especiales, es decir: derechos sin deberes. El problema de ese juego es que si se supera este estatus entonces se pierden esos derechos, con lo cual conviene seguir eternamente en la situación de víctima. La denegación crónica de responsabilidades que practica cierto postmodernismo, lejos de aliviar la baja auto-estima de la víctima, asegura su perpetuación como tal.

La forma más fácil y rápida de asegurarse derechos especiales es pues la de competir por un estatus encubierto de víctima, porque esto permite al grupo victimizado reclamar compensaciones sin dar previamente (porque ya ha sufrido tanto…), de ahí la gran popularización de la cultura de la queja o la victimitis. Dondequiera que haya víctimas tiene que haber forzosamente victimarios u opresores. Al principio de esta reivindicación gratuita de derechos sin deberes, la provisión de compensaciones venía del hombre blanco heterosexual y todos los grupos se abastecían de él para declararse su víctima. Sin embargo este proveedor ya se ha agotado y fragmentado: dentro de los hombres blancos ya hay muchos grupos que están compitiendo por obtener derechos especiales bajo el estatus de víctimas: los drogadictos, los discapacitados, los padres divorciados, los bajitos, los gordos, los maltratados en su infancia… se acabó la reserva de los tipos malos. Una nación de oprimidos sin que queden ya opresores. Parece ser que todo el mundo ha victimizado a todo el mundo y todos piden derechos especiales para protegerse de los demás. Una fragmentación que amenaza con una fractura social cuando es la misma sociedad la única que puede asegurar y proteger los derechos de todos.
La sociedad premoderna solía culpabilizar a la víctima, el postmodernismo extremo la crea. Cuando encuentra cualquier clase de disparidad entre las personas, asume que esas diferencias tienen que haber sido impuestas por alguna fuerza vengativa u opresora. Por supuesto que hay este tipo de fuerzas, la filosofía ha dado buena cuenta de ellas los tres últimos siglos, pero no toda diferencia es atribuible a unas fuerzas opresoras. Este postmodernismo falla en diferenciarlo y por lo tanto no le queda más que recurrir al binomio opresor/víctima para poder explicar la realidad social.



[1] Alan Charles Kors and Harvey A. Silverglate The Shadow University: The Betrayal of Liberty on America’s Campuses. Free Press, 1998

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